Cuando el barco se aleja en lontananza, quienes nos quedamos en la orilla tenemos sentimientos encontrados. Melancolía al sentir el vacío que nos deja quien nos abandona y cierta decepción por no haber sabido retener a esa persona a nuestro lado. En nuestro caso, la nave lleva por nombre “Play off” y en su casco brilla la rabia de una nueva temporada gris y anodina.
El Real Zaragoza no pudo con el Cádiz, un equipo que ya suma siete partidos consecutivos invicto y que dispuso de varias ocasiones para llevarse los tres puntos y bebérselos en la tacita de plata que todo cadista tiene en su casa.
Los de Ramírez trataron de prolongar el éxito de la semana pasada y para ello el míster contó con tres nuevos jugadores en la alineación: Jair, el central que se iba pero aún está, Calero y Bazdar. Nuevos en el campo, que no en la plantilla. Una mala señal cuando apenas quedaban treinta horas para el cierre del mercado de enero y el equipo necesita varias piezas para optar a empresas mayores que la simple permanencia.
La primera parte fue un período de dominio andaluz. El Cádiz jugó y gobernó el match con claridad y sin mucho esfuerzo. Enfrente el Zaragoza mantenía un cierto orden y trataba de jugar balones largos esperando que se repitiese la foto del segundo gol ante el Málaga: un balón curvilíneo que prolonga alguien para que lo recoja otro alguien y lo pueda rematar un tercer alguien. Eso, cuando funciona, bien, pero cuando no, es un lienzo feo.
Los de Garitano sabían muy bien cómo hacer daño. Posesiones seguras, combinaciones ágiles y movimientos rápidos de Ontiveros y Ocampo que lograban rasgar las costuras defensivas de los zaragocistas. El malagueño mostró sus habilidades desde el comienzo y estuvo a punto de golear ya en el minuto 7 pero su precipitación lo evitó. Por su parte, el uruguayo también la tuvo, pero su chut salió flojo y desustanciado. Poco después Sobrino desperdició otro momento propiciando un lío en el área que al final acabó en nada cuando lo fácil era marcar. Para cerrar, Fernández estampó el balón en la parte externa del poste después de una carrera vertical que asustó a la grada de La Basílica. Como se ve, el Cádiz fue el protagonista de estos minutos.
Enfrente el Zaragoza sufría consigo mismo. Lo único que fue capaz de ofrecer fueron sendos disparos de Liso, que chutó en carrera con poco acierto, Moya, que enganchó con el lateral un balón que atrapó fácil Gil y Calero, que también desde lejos puso a prueba al portero cadista sacándole un córner. Y ya.
Cabe escribir que la defensa perdió en frescura, sobre todo en las salidas de balón. Jair era el encargado de comenzar las jugadas y eso nos lleva a describir un proceso lento e inexacto. Cada vez que el balón le llegaba, la incertidumbre se adueñaba de todos los presentes. Por su parte, Calero no mejoró a Luna, lesionado. Sus prestaciones en la banda no son las del aragonés y eso lo acusó el equipo. También el centro del campo estuvo poco creativo. Es verdad que Arriaga cumple un papel, el de contención y sujeción, hasta ahora desconocido en el plantel zaragozano, pero por el contrario sus compañeros, Bare y Moya, no aportaron una imagen constructora que convenciera. Eso hizo posible que la conexión con los delanteros se cortocircuitase.
El Cádiz sufrió dos bajas de hondura antes del descanso: Alcaraz y Ocampo, este fundamental, se lesionaron, lo que obligó a Garitano a mover su banco. Eso no arrugó su propuesta. El equipo del sur continuó en su porfía y Ontiveros, que no le hace ascos a intentarlo en todo momento, se echó al monte y lanzó un chut de piedra que se le fue alto. El Zaragoza no reaccionó y la claridad no acompañó a sus jugadores.
El partido se vio engullido por el ruido de las acciones de mínima altura futbolística y muy pronto la rugosa realidad del fútbol de barrio bajo asomó por las esquinas de la Romareda. Había que actuar desde la banda y el entrenador zaragocista optó por recuperar a Francho, que volvía después de una buena temporada lesionado. Garitano también había movido sus fichas y había puesto en el césped a Ramos y Fali, delantero y defensa, con el fin de agitar el partido y ajustar sus piezas.
No había párrafos que leer ni melodías que escuchar. Todo era plano. El Cádiz se acercaba al área de Poussin, pero su acierto era nulo. Ni de falta lo consiguió Ontiveros. Ahora bien, en el otro área no había ni siquiera errores que describir. Sencillamente porque el Zaragoza no era un colectivo que amenazase a su rival. Poco después Ramírez metió a Aketxe, Sans y Marí. Algo de metralla en el ataque que muy pronto se vio que era lo que al equipo le viene bien. Sans fue un fogonazo en la banda y Aketxe activó la circulación en el balcón de la granja de Gil. Otro aroma, otra luz.
Fueron quince minutos de fina esperanza. Nada del otro jueves, pero al menos los blanquillos merodearon la portería cadista, lo que elevó el tono de la grada a favor de sus zagales. No se recogió fruto, pero se vio que este equipo puede jugar a otra cosa. O bien que tenemos que asumir que la forma de estar en el mundo es coser la retaguardia y esperar a que el sol salga por el oeste para regalarnos una victoria.
En los últimos minutos pudo ocurrir que se hiciera más noche la noche. Pudo suceder que el Cádiz probase las mieles de las míticas redes del coso zaragozano, porque los córners y las faltas laterales, situación que hay que evitar siempre porque es de primero de picardía, se instalaron en Territorio Agonía. Afortundamente no se llegó al desastre, pero sí al daño colateral con la expulsión de Tasende. Fue esta la última de una sucesión de lamentables decisiones del trencilla (término clásico que se utiliza poco pero de honda raigambre) que acabó por destruir lo que debería haber sido una fiesta del fútbol.
Empate, entonces, y claro retroceso en el plan de necesario cumplimiento si lo que se persigue es optar al play off. Empate y decepción por la escasa rasmia de un equipo que mostró en Zaragoza la cara oculta de la luna de Málaga. Empate, así, y preocupación por la poca energía que demuestra en casa, lo que hace pensar que la fortaleza psicológica del grupo es tan escasa como imposible el mar en los Monegros. Habrá que pensar, en fin, que el hogar nos duele.
Real Zaragoza:
Poussin, Calero, Vital, Jair, Clemente (Aketxe, 70’), Tasendo, Arriaga, Toni Moya (Francho Serrano, 62’), Bare, Liso (Pau Sans, 70’) y Samed Bazdar (Alberto Marí, 70’).
Cádiz CF:
David Gil, Iza, Chust, Kovacevic, Mario Climent, Rubén Alcaraz (Escalante, 41’), Fede (Fali, 61’), Sobrino (De la Rosa, 79’), Ontiveros, Ocampo (Álex, 41’) y Carlos Fernández (Chris Ramos, 61’).
Goles:
–
Árbitro: Jon Ander González Esteban (comité vasco). Amarilla a Vital (45’), Clemente (51’), Marí 90+5’) por el Real Zaragoza y a Carlos Fernández (39’), Iza (90+2’), Brian (90+4 y en el banquillo) para el Cádiz. Expulsó a Tasende por doble amarilla (14’ y 87’
Incidencias:
Partido de la Jornada 25 de LaLiga Hypermotion 2024-25 disputado en la Romareda, con 19.555 espectadores.
Poussin: 2. Correcto cuando actuó.
Calero: 2. Ocampo lo destapó. Después, se entonó. En ataque, mejoró.
Vital: 2. Busca su lugar y a veces no lo encuentra. Irregular.
Jair: 2. Con el balón en la salida, sufre. En el corte y la intercepción, gana.
Clemente: 2. Atrevido en el manejo, luchó con denuedo.
Tasende: 1. No fue su tarde. Algo alterado, sufrió con Ontiveros.
Arriaga: 3. Su trabajo, cortar y barrer, lo hizo con seriedad.
Keidi Bare: 2. No encontró la estabilidad. Trabajó mucho.
Moya: 1. No fue el jugador vinculante de Málaga. Se diluyó en la conexión.
Liso: 1. Estuvo inexacto. Corrió pero no acabó de perfilarse de cara.
Bazdar: 1. Falto de ritmo, no acertó en sus decisiones.
Francho: 2. Entró con ganas, pero su voluntad se extravió.
Pau Sans: 3. Su entrada agitó las aguas. Tiene clase, desparpajo y rapidez mental.
Marí: 1. No. No ha acabado de encajar en el equipo.
por arrúa 10 (Real Zaragoza, Aire Azul)
@japbello