Secretos escritos

Por Marcos Nafría Blasco

Para mi hijo:

Cuando era un niño, me ilusionaba imaginar mi futuro, ahora que he medrado, fantaseo con mi pasado. Antes de que alguna enfermedad se instale en mi cabeza, quiero recordar, aquellos momentos, en los cuales hemos disfrutado juntos, en los que has marcado la diferencia entre niño, adolescente, y hombre.

Dicen que la vida es como un campo de fútbol, y sinceramente, estoy de acuerdo. Ya que, en la vetusta Romareda he visto el mejor resumen de emociones, pintada por cada garganta, y firmada por cada uno de nosotros. Hijo, quiero que recuerdes, quiero que revivas, cada uno de esos momentos, en que gritaste, me abrazaste, me besaste, y , al fin y al cabo, esos momentos se quedaron esculpidos en mi mente, en piel, en mis lágrimas, en mi historia.

Posiblemente recuerdes, cuando fue la primera vez que fuiste a la Romareda. Era una tarde soleada, tranquila, y con una temperatura agradable, pero tú, estabas demasiado nervioso y feliz, como para poder estar concentrado viendo el partido. Gracias a ti, volví a vivir el fútbol de otra manera, con mayor ilusión y esperanza, que tristeza y realismo.

En cada partido, te fui educando, te enseñé a no insultar al árbitro, y mucho menos al equipo rival, o su afición, tratar con respeto a las personas mayores, que de alguna manera, se sentían representados por ti. Pero sobretodo el fútbol, te educó, te enseñó a perder, a pensar, a tener empatía, a tener un análisis crítico, a ver las injusticias, y tener diferentes sensaciones, y contrarias emociones. En definitiva, aprendiste del fútbol sentimientos, lecciones, herramientas, que más tarde usarás, y compartirás con tu hijo, sin darte cuenta.

Siento decirte, que yo recuerdo perfectamente cuando fue la última vez que fuiste conmigo a la Romareda, siendo aún barbilampiño sonriente, me dijiste con voz madura: “Papá, que sepas, que a partir de hoy, voy a ir al campo con mi amigo Pablo, que me lo paso mejor”.

Tengo que confesarte, que eso me sentó como un jarro de agua fría, entonces en ese momento descubrí, que te habías convertido en un pequeño adulto. Por lo tanto, el consejo que te doy, es que aproveches cada instante con tu hijo, porque llegará el momento, en el que tu hijo no querrá estar contigo.

A partir de aquel momento deje de ir la Romareda, y no es porque me dejase de gustar el fútbol, o de ver al real Zaragoza, sino porque lo hacía, para pasar un momento agradable con mi hijo, sí, sólo por estar contigo.

Y al fin que eres un adulto, te digo mientras estas palabras te miran sollozando a tus ojos, que estoy muy orgulloso de ti. Perdóname por todos los fallos que he cometido, y por todos los errores que valla a cometer, perdóname por descubrir tu futuro. Pero sí pusiese en orden todos los segundos de mi vida, en primer lugar estarían los instantes en los que he estado contigo.

Un abrazo eterno, tu padre.