La olla al final del arco iris | La Lupa

Real Zaragoza 0 – 1 Celta Vigo

Según una vieja leyenda irlandesa, al final del arco iris hay una gran olla llena de pepitas de oro, que será concedida por unos duendes, por lo demás bastante traviesos, a aquel que consiga llegar hasta allí tras superar los obstáculos de un camino largo y difícil. Realmente el arco iris no es más que un fenómeno meteorológico producido por la interacción de la luz con la lluvia, y en el que es muy difícil observar sus extremos, al igual que complicado y costoso resulta para los hombres alcanzar sus sueños.

Siempre habrá un objetivo, más fácil o más difícil. Siempre existirán los sueños. Son las metas que nos guían, que nos marcan hacia donde querríamos llegar. A veces vemos el camino, a veces no. A veces andamos hacia ese destino, a veces no. Nadie dijo que el camino fuese fácil, ni que fuese recto. Otras veces ni siquiera sabemos si avanzamos o retrocedemos, o si estamos quietos como el punto fijo de Humberto Eco. Quizás solo estemos dando vueltas eternas alrededor del objetivo, como el robot lunar de Isaac Asimov, atrapado en una órbita equidistante entre dos situaciones que hubiesen transgredido las leyes de la robótica y le hubieran destruido. Pero no nos vayamos de la olla.

El Real Zaragoza lleva varios años dibujando erráticas trayectorias en busca de su propia olla de oro, intentando volver a casa, a su casa de siempre, donde era un equipo de la zona media alta de la primera división española, donde la Romareda era un feudo seguro las más de las veces, donde se veía buen juego y un espíritu de ambición por la victoria. Valores que quedaron ocultos cuando los tiempos se volvieron grises y lo único que contaba era la supervivencia. En ese camino estamos, intentando salir de esa negrura, todavía cercana en el recuerdo, y no del todo muerta en nuestros miedos. Por eso fue que al ver cierta claridad en el horizonte, nos aferramos a la esperanza y a la complacencia. Es normal, es humano, y es hasta saludable. Pero cuidado.

El equipo ha ganado en confianza y en seguridad, y eso hizo que el partido contra el Celta se plantease a la vieja usanza, con un dominio inicial, sin nervios, con un centro del campo que proveía de balones a los incisivos Victor y sobre todo, Montañés, y con la sensación en la grada de que el gol llegaría más tarde o más temprano. Y así transcurrió la primera parte, de la que nada hay que objetar salvo la ausencia del gol. Pero el rival también juega, y el sorprendente Celta de Vigo jugó a mantener el resultado, a no pasar apuros, a dejar pasar el tiempo, sin cometer ni un error de bulto y tampoco sin inquietar en absoluto la meta de Roberto.

Así fue hasta que las fuerzas fueron cediendo, y era tal el afán por conseguir la lejana victoria, que no se supo mantener el empate cercano. Pensábamos que el Celta se conformaba con el empate. No hubo arreglos y el rival nos cercenó con un par de zarpazos. Pocas veces funciona esa táctica cuando juegas de visitante, pero en esta ocasión, a ellos les salió bien.

No hubo fortuna, pero tampoco hay a quien echarle grandes culpas. Se puede hablar de tácticas, de que si Apoño ralentiza o dinamiza, de que si Edu Oriol por aquí o Aranda por allá, pero lo cierto es que debemos seguir buscando el equilibrio que permita mantener el camino. No olvidar el objetivo que tenemos. Estas semanas pasadas escuchábamos cantos de sirena. También los escuchó Ulises en su viaje de vuelta a casa, pero él se hizo atar al palo mayor del barco para no caer en los delirios. Al final, logró llegar a Itaca, aunque aún le quedó cortar unas cuantas cabezas para lograr su propia olla de oro. Pero esa es otra historia.

Por Ron Peter

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