Llego tarde a la crónica semanal. Será que soy zaragocista. Será que mi espejo es el club de mi vida. Que no llega a tiempo. Que se le acaba el crédito. Que ya nadie le espera. Ni siquiera esta segunda división de la que hablan y no acaban porque al parecer le da oportunidades a todos. Hasta al náufrago Tom Hanks, ese que nunca perdió la esperanza de regresar. Algo así.
Saltó el equipo aragonés al césped de El Molinón – Enrique Castro “Quini” con la energía insuflada de un joven y desconocido entrenador atada al empeine de la desesperación. Lo hizo con ganas, al parecer. Con una alineación que denotaba cambios y audacia. Con una disposición decidida y muy definida. ¿Tres centrales? No. Un defensa incrustado en la línea media para nutrir un territorio hasta ahora débil y poco productivo. Una delantera inédita en la que brillaron por su presencia Soberón, hasta ahora oculto en las desalineaciones de Gabi, y Valery, un bombón que aún no ha tenido ocasión der regalarnos su esencia. ¡Ah! Y el portero. El cambio del arquero siempre llama a mínima sacudida en los entornos y Sellés lo hizo, con el ánimo de poner algún punto sobre alguna “i”.
Ritmo. Algo más de dinamismo en los gestos y las acciones, una suave mejora en las combinaciones y cierta rugosidad en las discusiones por el balón. Estas horas he oido y leído que había unos brotes verdes, pero a mí me da que es tal la aspereza de los granos de la arena del desierto que cualquier roce con una gota de agua nos calma. Las decisiones de Sellés invitaron a la expectación y es verdad que los primeros veinte minutos escuchamos algunas melodías inéditas hasta ahora pero en el minuto 27 se rompió la pichera con un cabezazo de Juan Otero. Un córner, un solo saque de esquina fue suficiente para partirle el alma al Zaragoza. Por lo menos durante unos minutos.
Es verdad que el equipo se recompuso y ahí sí fue cuando pudimos constatar que había un nuevo mensaje en la botella blanquilla. Un fragmento de pergamino arrugado en el que pudimos leer algunas jugadas bien ordenadas. Fue un periodo casi fértil, en el que el Sporting se vio superado por un equipo con cierto orgullo y cuarto y mitad de sentido vertical. Hubo dominio, hubo agitación, hubo ruido y hasta sonidos armónicos entonados por un Cuenca que pide más protagonismo, un Francho más cerca de sí mismo y un Soberón que desnuda decisiones de entrenadores anteriores. A ello pudo contribuir la sucesión de hechos que desarmaron al Sporting. Hablamos de las lesiones de Campos y Otero y, en menor medida, la expulsión de Dubasín, pero en todo caso el Zaragoza ofreció luces que alumbraban posibilidades. La mejor, el gol de Soberón que anuló Cid Camacho por una falta que no existió, pero no fue la única, porque minutos antes Yáñez, el portero, había colapsado otra ocasión que llevaba una etiqueta de gol colgando. Lástima.
Era un buen Zaragoza. Era un equipo majico, de buen manejo del balón, de adecuada gestión de los espacios y los tiempos, de ánimo sugerente. Era un Zaragoza que nos invitaba a creer que era posible lo posible. El Sporting, con un jugador menos y después de ese tramo en que los aragoneses acogotaron a los asturianos, pedía el descanso a gritos y eso le salvó.
Volvieron los protagonistas al verde de El Molinón y los locales se aprestaron a defender sus tres puntos con uñas de sidra fresca. Cinco defensas y cuatro corazas por delante y a que vengan, que les esperamos. El Zaragoza, supusimos, habría preparado el plan para abrir la lata de fabada rojiblanca. Y eso pareció durante los primeros minutos. Cuenca tuvo una muy buena después de un malabar con los pies, pero su chut rebotó en el lateral de la red. Y luego todo el equipo se conjuró para barzar al rival. Y lo hizo, pero con más torpeza que ingenio.
Ni Sellés ni sus mesaches fueron capaces de comprender el guión de la película. Poco a poco, casi sin darse cuenta, los avispas se enredaron en el fútbol escabroso de los de Borja Jiménez y ahí empezó a hacerse de noche. El cambio de hora, ya sabemos. Los jugadores, los nuevos y los que ya estaban, no se entendieron. O no supieron encontrar los senderos luminosos. Además, Tachi se lesionó. El madrileño/aragonés había hecho un trabajo invisible construido sobre el equilibrio y la coherencia y su ausencia abrió una vía de vacío en el tramo medular.
Entraron aguijones como Pau Sans y Moyano. También Dani Gómez. Este útlimo muy revolucionado y poco concreto. Los otros, cumplidores de su destino, lo intentaron pero no descabalgaron a la defensa local. No hubo, en fin, finura en el desarrollo.La claridad se ausentó del libreto zaragocista y el partido entró en una vaguada de imprecisiones y retenciones. Se empeñaron los de Sellés en atacar de frente y abandonar las bandas, que son el primer capítulo a ejecutar cuando el contrario tiene uno menos. No aprovecharon la presencia de Kodro, que es el típico delantero que necesita de balones que vienen del lateral. Esos el domingo no se dieron. Todo eran jugadas centrales y centradas, lo que facilitaba una defensa de frente, de cara lavada.
Las únicas situaciones que podían servir para que hubiera remates eran los córners. Y de esos hubo muchos, tantos como dieciséis, pero el encargado de lanzarlos no era el adecuado. Guti no fue el ejecutor afinado que se necesitaba y esta situación está en el debe de Sellés, a quien no le dijeron que el único centrador aseado del Zaragoza estaba en el banquillo y se llama Moya. Un recurso desperdiciado.
El partido se precipitó por una ladera estéril y el Zaragoza vio cómo, una semana más, los rivales avanzaban varios cuerpos y su cabalgadura se estancaba en el barro seco de la derrota. Sellés ha convencido a un sector del zaragocismo y toda esperanza se acuesta al lado de su propuesta y su mensaje. De momento, el equipo sigue en coma y la entidad languidece en su silencio institucional.
R Sporting Gijón:
Yáñez; Guille Rosas (Kevin, 83′), Vázquez, Perrin, Diego Sánchez; Smith, Corredera (Loum, 83′), Gelabert (Amadou, 46′); Dubasin, Gaspar (Martín, 36′), Otero (Pablo García, 45′).
Real Zaragoza:
A. Rodríguez; Aguirregabiria, Insua, Radovanović (Saidu, 39′), Pomares; Tachi (Sebas Moyano, 60′), Francho, Raúl Guti; Cuenca (Dani Gómez, 60′), Valery (Kodro, 75′), M. Soberón (Pau Sans, 60′).
Goles:
Otero (M.25, 1-0).
Árbitro:
Sr. Cid Camacho. Amonestó a Dubasin (roja directa tras revisión en VAR) y Corredera por parte local y a Aguirregabiria por parte visitante.
Adrián: 3. Volvió y cumplió.
Aguirregabiria: 1. Estuvo muy discreto.
Insua: 2. Poco dinámico.
Rado: 2. Bien posicionado, le faltó salida.
Pomares: 2. La defensa es lo suyo.
Francho: 3. Francho fue Francho.
Guti: 1. No tiene la frescura necesaria.
Cuenca: 3. Su desborde, su audacia, su verticalidad. Todo bien.
Valery: 2. Estuvo y se le notó.
Soberón: 3. Hacía falta y le vino muy bien al equipo.
Saidu: 3. Potencia y juvenil audacia.
Moyano: 1. Su papel de revulsivo no se concretó.
Gómez: 1. Fuera de sitio, fuera de tiempo.
Pau Sans: 2. Intentó ser el estilete necesario.
Kodro: 1. No le llegaron balones al rematador que es.
por arrúa 10 (Real Zaragoza, Aire Azul)
@japbello